jueves, 27 de agosto de 2009

las cuatro cuerdas

Llevo toda la vida aprendiendo a tocar el bajo. Bueno, quien dice toda la vida dice algunos años, de forma intermitente, como siguiendo un ritmo o un falso ritmo que incluye periodos de dedicación, más afanosa que rentable, y después otros espacios de dejadez absoluta en los que el instrumento rueda por la casa como un trasto, un chisme, algo demasiado grande para ser decorativo pero demasiado importante como para regalarlo (ni hablamos de venderlo) y entonces un día sin venir a cuento, o viniendo a cuento de cualquier fruslería, parece que recuerdo algo relacionado con una partitura, cualquier detalle sin importancia (esos que tanto me gustan) probablemente la sintonía de el padrino o les feuilles mortes mal interpretado por un acordeonista rumano o búlgaro, o español con pinta de rumano o búlgaro, no sé. Sí sé que reconozco el bucle que el tipo hace cuando no sabe cómo continuar y vuelve al principio del viejo acordeón, seguramente alquilado, y entonces quiero volver a casa y tomar el instrumento en mis manos, rebuscar entre los papeles las viejas tablaturas y restablecer, qué inocente puede llegar a ser uno, intentar reponer un poco de cordura en las notas, seguirlas con un ritmo algo descompasado, pero tocando todas y cada una de ellas, sin que falte ninguna ni haya remiendos extraños.

Al principio venía un profesor a casa, el bueno de Cristhian, que no desesperaba demasiado antes mis escasos avances, mi falta de rigor en el trabajo. También es cierto que cobraba cada día, justo al terminar la clase (si ahora lo pienso no sé muy bien de dónde salía tanto dinero, yo era nocturno y casi todo se me iba en vicios) pero lo cierto es que no aprendí casi nada.
O eso creí en aquel momento, después ya se sabe, uno va reconociendo que algo retiene el cerebro, aunque haya sido a fuerza de golpes y de un día y otro y el siguiente. En fin.

Estos días paso mucho tiempo solo. Hace un par de años compré un método de bajo, tenía buena pinta y supongo que me sentía culpable por algo; lo compré y ahora lo he abierto y he empezado desde cero a estudiar un poco de solfeo (justo lo necesario) y hago los ejercicios que me marca el cuaderno y el cedé, paso entremedias muchas horas en silencio, apenas he visto a nadie (exceptuando la agradable noche del martes, qué rápido pasa el tiempo cuando la conversación es interesante) y leo libros y apenas cocino (igualmente justo lo necesario) me imagino ya en Menorca (tengo los billetes para la semana que viene) bañándome desnudo en el puerto de Es Grau a altas horas de la madrugada, quizás un punto ebrio, acordándome torpemente de cada traste y su nota, prometiéndome seguir no avanzando en mi relación con el bajo: así somos los que somos felices en la ignorancia, eso que hace bello maltratar un instrumento de una forma intermitente, sí, pero también sistemática.

8 comentarios:

Nares Montero dijo...

Qué bien te retratas bajo!
Digo majo!

;)

Felices vacaciones!

Bs
N.

Rober dijo...

Besos a mares!

Digo a Nares!

Okr dijo...

Es más difícil ser disciplinado para aprender a tocar el bajo que tocar el bajo. :)

Rober dijo...

Así es, amigo Okr.

Pero que deliciosa frustración!

Creo que es bueno tener aficiones sin pretensiones, tales como tocar el bajo, votar a los comunistas o leer las revistas del venca cuando uno va al baño.

Un saludo fuerte, compañero del metal.

Lara dijo...

cuándo empieza la revista???

REIDI dijo...

Ánimo con el bajo, pero con lo de los comunistas,hijo que quieres que te diga.......sigue soñando

Rober dijo...

Hermanísima!

muchos besos.

NáN dijo...

bum, bum bum bum búm.

No está nada mal tener esa cuenta pendiente abierta para siempre.